Orestes Anahuac

Por: Miguel A. Sarduy.
Hay declaraciones que, por su rotundidad, merecen ser tomadas con respeto. Y hay otras que, por su extravagancia, exigen ser sometidas al tamiz de los números y la experiencia. La afirmación de Manuel Otero Alcántara —quien asegura haber realizado más de 4.000 pinturas durante sus 5 años de prisión— pertenece, sin lugar a dudas, al segundo grupo.
No se trata de un ataque ad hominem, ni de cuestionar su «talento». Se trata de un ejercicio elemental de verificación y coherencia. Porque lo que Otero Alcántara propone no es una hazaña, es una imposibilidad matemática.
Cinco años son exactamente 1.825 días (sin contar los bisiestos). Si dividimos 4.000 obras entre esa cifra, obtenemos una media de 2,19 cuadros diarios. Es decir, más de dos pinturas terminadas cada día, durante cinco años, sin un solo día de descanso, sin enfermedad, sin cansancio, sin visitas, sin nada más que hacer que pintar.
Supongamos, para ser generosos, que Otero Alcántara dedicaba 10 horas diarias a su labor. Eso le dejaba apenas 4 horas y media por obra, incluyendo el tiempo de preparar el lienzo, mezclar los colores, limpiar los pinceles y, lo más importante, esperar a que se secara la pintura.
Cualquier aficionado a las artes plásticas sabe que una acrílica tarda al menos una hora en secar al tacto, y un óleo puede necesitar días entre capa y capa. ¿Pintaba al agua? ¿Con rotuladores? Porque con técnica tradicional, esos tiempos son sencillamente inasumibles.
Pero hay algo peor que la aritmética, la estética. Si realmente produjo 4.000 obras en ese lapso, estamos hablando de un ritmo de creación superior al del propio Van Gogh, que en sus diez años más fecundos apenas rozó las 900 pinturas. Ocho veces menos.
¿Qué clase de obra puede salir de un pincel que corre contra el cronómetro? ¿Dónde queda la reflexión, el arrepentimiento, la búsqueda de la luz justa, el gesto meditado? La pintura no es una cadena de montaje. La pintura es tiempo hecho materia. Y si no hay tiempo, solo hay producción seriada, no creación artística.
Pero además, el contexto agrava la incredulidad. Una prisión no es un taller con luz natural, materiales ilimitados y silencio absoluto. Las condiciones carcelarias imponen horarios, registros, ruido, convivencia forzosa y limitaciones de espacio y suministros. Estaría realmente Alcántara en una prisión?.
¿Dónde guardaba 4.000 lienzos? ¿Cómo conseguía bastidores, telas, pigmentos y barnices en cantidad industrial? ¿Quién le financiaba semejante despilfarro de materiales en un centro penitenciario?
No dudamos de que Manuel Otero Alcántara pintó durante su reclusión. Probablemente lo hizo con ahínco, con deseo de redención y con cierto oficio. Pero 4.000 es un número redondo, publicitario, pensado para impactar, no para ser creído.
Si el señor Otero Alcántara quiere preservar su credibilidad, debería aportar pruebas, hacer una exposición gigante desde el imperio del norte o, al menos, una explicación técnica de cómo logró semejante prodigio. Mientras tanto, su cifra queda reducida a lo que es, un exabrupto numérico sin sustento ya que el arte se mide en intensidad, y esa, amigos, no se fabrica en serie.
Fuente: Facebook Las cosas de Fernanda 2