
La cadera de Shakira, hoy hipnotizante, mañana será un fósil de la era del entretenimiento rápido: un movimiento que pierde su aura cuando el algoritmo deja de reproducirlo. Del mismo modo, los gestos solemnes del poder, los diques contra la verdad, la dignidad vendida al mejor postor, envejecerán peor que un videoclip olvidado. Porque lo ridículo no es bailar, sino construir muros de silencio creyendo que la marea de la historia no los derribará. La frivolidad de un baile es inocente; la frivolidad de traficar con la conciencia ajena es una obscenidad sin coreografía.
Los traidores de las revoluciones, esos que firman con sangre ajena su ascenso, hoy posan de realistas; mañana serán la caricatura exacta de lo que negaron. Pedir hambrunas, invasiones contra la propia patria, o contra cualquier rincón del mundo, es el acta de defunción moral anticipada: la geopolítica del odio es como la mentira, tiene patas cortas, y la memoria de los pueblos es un archivo implacable. Quien hoy pide bombas para “liberar”, mañana será recordado como el bufón que confundió el saqueo con la salvación. La historia no se escribe con discursos de odio, sino, insisto!!!!
con la terca dignidad de los que no se arrodillan.
Escalar aplastando a los desposeídos es la estrategia más antigua del capitalismo depredador: una pirámide de cadáveres sociales disfrazada de meritocracia. Tener demasiado y no compartir con los pobres no es avaricia, es una patología del alma colectiva que el futuro juzgará como hoy juzgamos la esclavitud: con asco y vergüenza. Los bloqueos económicos contra pueblos que sufren escasez son la versión contemporánea del sitio medieval: matar de hambre a distancia, con la firma de un decreto y la conciencia tranquila de quien no ve los cuerpos.
Lo ridículo no es el cuerpo que baila, sino el poder que se cree eterno. La cadera de Shakira pasará, como pasaron los minués, los pasodobles, los coyúldes, el Juanito, el gong; pero lo que no pasa es la lucha de los que exigen justicia, pan y libertad. Los que hoy se ríen de los movimientos sociales, de los pobres organizados, de las utopías, serán los mismos que mañana pedirán amnesia. Pero la risa de la historia es más cruel que cualquier chiste de redes: convierte en polvo las estatuas de los opresores y en epopeya los gestos mínimos de resistencia.
Por eso, cuando los movimientos sensuales de la industria cultural parezcan ridículos a la generación de turno, también parecerán ridículos, y ya lo son, en verdad, los que hoy ostentan su cinismo como un trofeo. Porque la belleza efímera del baile no daña a nadie; la fealdad ética de los que traicionan, invaden y bloquean deja cicatrices que ni el olvido maquilla. El futuro no se burlará de los que bailaron; se burlará y odiará a los que, pudiendo bailar con el pueblo, eligieron pisotearlo. Y esa risa y ese odio, será un temblor de tierra bajo sus tronos de arena.