
En julio de 2026, a pocos días de concluir su mandato como presidente de Colombia, Gustavo Petro eligió La Habana como destino de su último viaje oficial al exterior. Esta decisión no fue casual: representa un acto deliberado de solidaridad con “la Cuba agredida”, un gesto cargado de simbolismo político, diplomático y personal que trasciende las fronteras de un mandato que termina. Para muchos, esta visita consolida la imagen de Petro como un líder que, más allá de etiquetas ideológicas, encarna luchas humanistas por la soberanía, la paz y la vida digna en el Caribe y América Latina.
Un viaje con profundo significado simbólico
Petro aterrizó en La Habana el 31 de julio de 2026 y se reunió con su homólogo Miguel Díaz-Canel. En sus declaraciones previas, el mandatario colombiano enfatizó que Cuba es “vital para la soberanía nacional y la lucha por la vida en el Caribe”. Desde allí, lanzó un mensaje claro: “Quiero desde Cuba oponerme a una guerra en el Caribe. Ni los misiles, ni la invasión, ni el bloqueo son soluciones dentro de los problemas de la humanidad”.
Este posicionamiento adquiere mayor relevancia en un contexto de tensiones crecientes: el reforzamiento de sanciones y medidas coercitivas por parte de Estados Unidos, que Petro y otros líderes regionales han calificado como un “asedio” o “bloqueo”. La visita no solo reafirma lazos bilaterales fortalecidos durante su gobierno —cooperación en salud, paz y ayuda humanitaria, como el envío reciente de 100 toneladas de víveres y medicinas—, sino que también marca un contraste explícito con la política anunciada por su sucesor, el ultraderechista Abelardo de la Espriella, quien ha prometido romper relaciones diplomáticas con Cuba y Nicaragua, a las que califica de “tiranías”.
Petro: Del exguerrillero al líder humanista
Aunque Petro proviene de una trayectoria de izquierda —fue miembro del M-19 y es el primer presidente colombiano de ese espectro ideológico—, él mismo ha rechazado en ocasiones la etiqueta estricta de “izquierdista”. Prefiere presentarse como un defensor de la vida, la paz y la justicia social por encima de dogmas partidistas. Su visita a Cuba encarna esta evolución: no se trata solo de alineamiento ideológico, sino de una defensa humanista de principios como la soberanía de los pueblos, el rechazo a intervenciones militares y el multilateralismo frente a unilateralismos coercitivos.
Cuba ha jugado un rol histórico en los procesos de paz colombianos: sede y garante de diálogos con las FARC y el ELN, formadora de miles de médicos colombianos y colaboradora en iniciativas como la vacuna anticovid. Petro ha destacado repetidamente estos aportes, recordando que la isla “ha educado 2.000 médicos y médicas colombianas”, ayudó a sellar la paz y salvó vidas en la pandemia. Estas no son solo palabras diplomáticas; reflejan una visión de solidaridad Sur-Sur que prioriza la cooperación sobre el aislamiento.
Las nuevas luchas de un ex-presidente
Con el fin de su mandato el 7 de agosto de 2026, Petro no desaparece del escenario. Esta visita marca el inicio de una nueva etapa como voz influyente en el continente, posiblemente como articulador de causas regionales: la integración latinoamericana y caribeña, la defensa de la paz frente a militarismos, el rechazo al bloqueo económico como herramienta política y la promoción de un desarrollo sostenible centrado en las personas.
En un momento en que el péndulo político en Colombia y parte de la región gira hacia posiciones más alineadas con Washington, la elección de Cuba como despedida oficial adquiere un carácter de resistencia simbólica. Petro se posiciona como defensor de causas que trascienden gobiernos: la dignidad de los pueblos frente a presiones externas, la búsqueda de soluciones dialogadas a conflictos históricos y la prioridad de la “lucha por la vida” sobre la geopolítica de poder.
Un mensaje que perdura
Más allá de críticas y elogios partidistas, la visita de Petro a Cuba subraya que las grandes luchas humanistas —soberanía, paz, solidaridad— no terminan con un periodo presidencial. Representan un compromiso continuo con ideas que, aunque controvertidas, apelan a valores universales: rechazar la guerra y el bloqueo como vías, priorizar la integración regional y defender la autodeterminación de los pueblos.
Para el ex-presidente convertido en referente humanista, este viaje no es un cierre, sino una declaración de continuidad. Desde La Habana, Petro no solo despide su gestión: reafirma su rol en las “nuevas luchas” de un continente que busca caminos propios en un mundo cada vez más polarizado. Un gesto que, independientemente de posturas ideológicas, invita a reflexionar sobre qué tipo de liderazgo regional se necesita en las próximas décadas.