La diplomacia de la posguerra fundó lo que llamaron el “orden internacional basado en reglas”. Mientras la hipocresía, las fotos y las cumbres galopan, Estados Unidos intervenía en Irak con aliados, en Libia, Vietnam, Santo Domingo, Panamá y en decenas de intervenciones alrededor del mundo. Hoy el presidente Donald Trump dice que solo se guía por su conciencia y Marco Rubio afirma que a Estados Unidos no le hace falta eso de la diplomacia y la comunidad internacional.

En este contexto se acusa a Brasil por crear su propio sistema de pagos independiente de las transnacionales norteamericanas, a Nicaragua por cambiar la Constitución siguiendo las normas del país y, claro, a Cuba por no querer rendirse a la inoperante “democracia representativa”. Junto a estas hipocresías se bombardean y asesinan integrantes de lanchas sin preguntar si eran narcos, y se secuestra a un presidente movidos solo por el ego. De pronto el chavismo ya no era un narco-gobierno asesino y fraudulento, sino la estructura gobernante que garantiza la institucionalidad del país y con la que hasta se pueden firmar acuerdos comerciales.
Estados Unidos destroza sus propias narrativas, hunde la confiabilidad de lo que dice y firma, y cava profundamente su destino.
De “liberar Venezuela” al petróleo
El recorrido del discurso es tan claro como cínico:
Liberar a Venezuela del nefasto gobierno narco-terrorista del chavismo → secuestro del presidente → entendimiento con el chavismo → adiós a los cánticos de libertad, de terroristas y de narcos → welcome petróleo.
¿Ahora contra Cuba y Nicaragua?
Cuba y Nicaragua son países líderes, soberanos e independientes, con sistemas políticos autóctonos que deben ser respetados. Si no quieren respetarlos, don’t care, fuck off the rest. Quienes se quedan atorados en sus narrativas —como algunos congresistas y funcionarios— simplemente no entienden la realidad.
Ni Cuba teme, ni Nicaragua teme. Venezuela resiste. Al final, el tiempo de caducidad del gobierno de los Estados Unidos es más corto que el de Cuba y Nicaragua, que llevan décadas conociendo cómo resistir. Algo es claro: incluso a los lacayos les imponen los aranceles más altos.
No sirve de nada, está comprobado, ser aliado de Estados Unidos. Se termina señalado como “lameculos” y maltratado peor que a sus adversarios. El antichavismo fue traicionado por la administración trumpista y por los senadores anticastristas. Después de eso, nadie más confió en nadie.
El anticastrismo de capa caída
El anticastrismo apátrida que grita “libertad para Cuba” —libertad que para ellos significa adueñarse de sus recursos naturales, como intentan con Venezuela— está de capa caída. Y qué hablar de los antichavistas: dan pena ajena. A esto se suma la caída de la derecha continental, siempre delincuente.
Mientras el “anticastrismo” languidece, en Cuba las escuelas abren de nuevo y el pueblo, con mucha resiliencia, encuentra en los apagones el mal de todos para un mañana más soberano: nunca lacayo, nunca traidor. Libre siempre.