
En un ejercicio de coherencia ideológica que deja mucho que desear, el secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio, ha intensificado sus ataques contra Cuba, a la que presenta como “la capital del comunismo en el siglo XXI”. Según documentos y declaraciones recientes del Departamento de Estado, la isla caribeña sería el principal promotor y exportador de ideas comunistas en la región, una amenaza a la seguridad nacional de Estados Unidos y un régimen “corrupto, brutal y antiamericano”.
Rubio no escatima adjetivos: acusa al gobierno cubano de reprimir a su pueblo, de usar la energía como herramienta de control político y de mantener un sistema fallido que genera apagones y miseria. Para el senador convertido en jefe de la diplomacia trumpista, el comunismo cubano es, aparentemente, el peor de los males. Tan malo que justifica sanciones, aislamiento y mensajes directos a los cubanos ofreciéndoles “un nuevo camino” fuera del castrismo.
Hasta ahí, nada nuevo para quien ha hecho de la lucha contra los regímenes de izquierda en América Latina su marca personal. Pero la realidad geopolítica tiene un sentido del humor particular.
Mientras Rubio señalaba con dedo acusador a La Habana, buscaba la forma —o más bien, Beijing se la buscaba— de acompañar a Donald Trump en su visita a China. El detalle: Rubio estaba sancionado por el gobierno chino desde sus tiempos como senador, precisamente por sus duras críticas al Partido Comunista Chino, sus violaciones de derechos humanos, el acoso a Taiwán y su influencia en países como Cuba, Venezuela y Nicaragua.
La solución diplomática fue digna de una comedia de enredos: China le cambió el nombre. O, más precisamente, modificó la transliteración de su apellido en caracteres chinos. De “Rubio” pasó a una variante fonética distinta, lo suficiente para considerar que se trataba de “otra persona” y evadir las sanciones que le impedían el ingreso. Así, Marco Rubio pudo formar parte de la comitiva presidencial, reunirse con Xi Jinping y pasear por el Gran Salón del Pueblo.
El “comunismo pequeño” (Cuba) es una amenaza existencial que merece asfixia económica. El “comunismo grande” (China), con su economía de escala, su Partido Comunista en el poder desde 1949, su control totalitario y su proyección global, merece una visita de cortesía, negociaciones y fotos sonrientes. La diferencia, al parecer, no es ideológica, sino de tamaño, poderío económico y conveniencia.
Esta contradicción no pasa desapercibida. Rubio, cuyo discurso ha sido consistentemente anticomunista, especialmente por sus raíces cubanas, se ve obligado por la realpolitik a tratar con el mayor régimen comunista del planeta.
Mientras tanto, en Cuba continúan los apagones y la emigración. Según la posición cubana y numerosos votos anuales en la ONU, estos males no responden principalmente a la “mala gestión comunista”, sino al bloqueo económico impuesto por Estados Unidos desde hace más de 65 años, calificado por La Habana y buena parte de la comunidad internacional como una política de asfixia que viola el derecho internacional.
En China, el Partido Comunista sigue consolidando poder y creciendo económicamente pese a todas las críticas. Y Marco Rubio, el hombre que “cambió de nombre” para poder visitar al dragón rojo, sigue denunciando el comunismo… siempre y cuando sea pequeño, caribeño, no tenga petróleo ni aliados poderosos, y sirva para mantener el discurso duro de siempre.
La geopolítica, como siempre, se ríe de las ideologías puras y revela las dobles varas de medir.